
Desde que me hicieron leerlo en la asignatura de latín, en mis tiempos de segundo de carrera, he sido un apasionado de un librito llamado La amistad, de Cicerón. Yo ya sabía de las bondades de la verdadera amistad, pero no había encontrado a nadie que lo expresara de manera tan acertada, tan bella incluso (a pesar de leerlo traducido, con todas las implicaciones que ello tiene). En general, relata en un diálogo con Lelio las ventajas y las pruebas de la amistad de verdad.
Lo verdaderamente curioso del caso es que, en el comentario en clase, mucha gente reconoció (de una manera muy valiente, diría yo) que, si hacían caso de lo que explicó Cicerón en el siglo I a. C., no tenían ningún amigo. Me sorprendió mucho, porque en la lectura del texto yo había estado pensando irremediablemente en unos cuantos amigos (Ana Belén, Silvia, Pablo...) que cumplían de sobra con los requisitos ciceronianos, y consideraba impensable que tanta gente (la mayoría, en realidad) no tuviera amigos tan buenos. Aparte de sorprendido, me sentí afortunado.
Hoy, tras una larga y grata llamada de teléfono, he recordado todo esto y me he vuelto a sorprender, porque resulta que mis amigos siguen siendo los mismos. Está claro que hay alguno más, aunque no tantos (Maria, Cristina, Daniel, Paolo), porque mi vida ha cambiado y he conocido a mucha gente nueva. Pero me fascina el haber mantenido a aquellos amigos en los que pensé entonces, y aún más sentir que, después de un par de meses sin saber de ellos, todo sigue igual en un encuentro, en una llamada, en un correo electrónico.
Es algo extraño y maravilloso, aunque Cicerón ya lo dijo hace más de 2000 años.


